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Análisis de Chicory: A Colorful Tale

El desarrollador indie Greg Lobanov sorprendió a propios y extraños hace unos años con el lanzamiento de Wandersong, un juego único en su especie que poseía una personalidad que desbordaba por los cuatro costados. El juego se convirtió inmediatamente un juego de culto y aún a día de hoy sigue siendo un imprescindible para todo aquel que ame este mundillo. Ahora, vuelve a la carga con Chicory: A Colorful Tale, una aventura que de nuevo vuelve a romper moldes y con un concepto más abierto que su predecesor.

Color interior

Chicory, quien da nombre al juego, es una Artífice cuyo papel en el mundo es poner color a todos los elementos que lo componen, poner orden y llenar de felicidad a todos sus habitantes. Hasta que un día, sin saber cómo ni por qué, tras un gran temblor todos los colores desaparecieron sin dejar rastro alguno. Nosotros, como sirvientes y admiradores de la Artífice, cogeremos el revelo del pincel de Chicory y nos encargamos de restablecer el color a un mundo que ha quedado en blanco y negro. Nos depara una gran aventura con una gran responsabilidad.

Así comienza nuestra aventura, en donde nos dedicamos a darle color a todo lo que nos rodea como quien le da vida a un cuerpo inerte. Tenemos a nuestra disposición un amplio mundo en el que nos moveremos por el a través de pantallas, todo con un diseño en dos dimensiones y vista cenital. Podemos pintar y dibujar todo a nuestro antojo, del color que queramos, y así devolver el entusiasmo y la esperanza a los habitantes de este ya no tan colorido mundo.

Y aunque la mecánica principal de Chicory: A Colorful Tale sea pintar, donde realmente está la miga del juego es en la interacción con el escenario. Ya que pintando sobre ciertos elementos podemos hacer que se eleven plataformas, que nos lanzan disparados, dar luz en entornos oscuros, de manera que el propio diseño de los escenarios se convierte en el puzle en sí.

Y es que el diseño de los escenarios (no así el del mapa general) es digno de destacar. A medida que avanzamos en la historia vamos adquiriendo nuevas habilidades con las que interactuar con el entorno. Pues bien, el diseño de los escenarios es tan sutil que esconden mecánicas que a simple vista no somos capaces de apreciar, hasta que el propio juego nos dice que está ahí.

Obra de arte

A nivel artístico Chicory: A Colorful Tale es un juego excelente. Utilizando una técnica cartoon que imita la de los años 30 se ha creado un mundo que parece sacado de la mente de Walt Disney, un mundo habitado por animales antropomorfos, en el que el blanco y negro se ha llenado de vida. Están cuidados todos los detalles, y todo se mueve de maravilla, con unas animaciones que como decimos parecen sacadas de unos dibujos animados, y en donde ponemos poner y quitar color a nuestro antojo con inmediatas interacciones dentro del juego. Simplemente grandioso.

También merece la pena destacar los controles táctiles que se han incorporado a la versión de Nintendo Switch, en donde podemos pintar con nuestro dedo resultando la forma más cómoda y accesible de hacerlo, siendo de agradecer en los momentos de mayor coordinación. En lugar de hacer con botones y stick, que no resulta tan preciso.

La duración de Chicory: A Colorful Tale nos dará para unas 10 horas en su historia principal, pero luego nos quedan un montón de coleccionables que recoger, en forma de vestimenta, sellos o basuras, capaces de duplicar la duración para los más exploradores.

Imperfecto por diseño

A pesar de todo, Chicory: A Colorful Tale no es un juego perfecto. O al menos no lo es todo el tiempo. Para empezar, la aventura tiene un comienzo anodino, en el que las mecánica principal no consigue provocar gran efecto más allá del jugador y se nos hace pasar por un trámite de 2 horas hasta que el juego coge forma. También le ponemos pegas al propio diseño del mapa, el cual, como pantallas individuales funcionan bien y tienen un gran trabajo detrás pero, a la hora de unir todas las piezas que lo conforman se siente artificial y para nada cohesivo. No se siente como un mundo real.

Y por último está la falta de reto. Está claro que Chicory: A Colorful Tale es un juego tranquilo que nos invita a jugar relajados y sin presiones, a hacerlo a nuestro aire, pero quizás demasiado. Sin ningún otro estímulo que el propio, empujados a seguir por nuestros instintos de exploración y descubrimiento, a lo mejor no le hubiera sentado mal un poco más de caña. Todos estos aspectos diluyen un poco la experiencia pero no el color que irradia Chicory.

Chicory: A Colorful Tale es una conmovedora aventura que conseguirá tocarle la fibra al jugador con su triste pero esperanzadora historia. Un juego que interrumpe sin hacer mucho ruido pero que sin duda merece estar entre lo mejor del año, que con su apuesta arriesgada nos propone una aventura sin igual, en donde todo se ha llenado de detalles, momentos inolvidables y mucho mimo. Por no hablar de su apartado artístico siendo uno de los más bonitos que hemos visto en el medio.

8.5
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