Riña fraternal, lápiz magistral.

Max: The Curse of Brotherhood es la secuela de uno de esos míticos juegos de la era Wiiware, Max and the Magic Marker, que nos ponía en la piel de un chico llamado Max, equipado con un rotulador mágico con el que interactuar con el escenario. Vuelve la misma mecánica, con la posibilidad de utilizar botones o la pantalla táctil (todo un acierto) para hacer manejo de su herramienta de pintura. Llega a Nintendo Switch tras su paso por otras plataformas y, además, lo hace con un port y distribución de un equipo español, Stage Clear Studios.

Max tiene un arma que aquí lo pinta todo

Con un inicio un tanto absurdo y que basicamente busca justificar la aventura, nos encontramos a Max, un chaval en edad escolar que tiene que salvar a Felix, su hermano, de unos monstruos que él mismo, sin querer, ha convocado para que su pariente le deje en paz. El conflicto subirá de nivel cuando el malvado doctor Mustacho quiera usar a Felix para volver a ser jóven de nuevo para dominar el mundo y esas cosas.

El viaje de Max se compone de varios niveles engoblados en capítulos, con un principio y final al estilo de la vieja escuela. Cada uno de ellos ofrece un buen nivel de plataformas 2,5D, con saltos, cuerdas y bloques por doquier. La habilidad que hace destacar al juego es el uso del rotulador mágico, gracias al cual podemos interactuar con el entorno, creando (o destruyendo) cosas. Por ejemplo, el primer poder (naranja) permite elevar columnas hasta la altura que queramos, o bien partirlas cuando no nos interesen.

Con el tiempo iremos consiguiendo nuevos colores y, lo mejor, la posibilidad de crear combos de acciones con nuestra pintura. Hay varias ocasiones en las que la solución para avanzar no es única, o bien hay que realizar alguna acción excepcional para conseguir coleccionales (que por ahí andan, para los más observadores y amantes del 100%). Siempre puede volverse a jugar un nivel, por lo que tampoco hay problema si la primera vez nos dejamos algo. Es más, puede que sea normal por los momentos en los que hay que usar varios poderes de color en un período muy corto de tiempo, y eso no permita enfocarnos bien del todo en el escenario.

Estética para niños, jugabilidad de “mayores”

Un buen detalle sobre Max: The Curse of Brotherhood es que sabe ir cambiando el ritmo de juego de una forma acertada, incluyendo momentos más pausados con otros algo más frenéticos, ya sea a nivel de puzles o de perseciones en las que tenemos que huir de algún monstruo. Lo bueno de todo esto, para los más impacientes, es que hay multitud de puntos de control para reiniciar en caso de que nos salga mla la cosa y toque volver a intentarlo.

Podemos hablar de que el equilibrio se mantiene durante las 8 horas más o menos que durará la aventura, y que quizás de haber sido algo más larga hubiese pecado de repetititva en alguna ocasión. No tiene atributos para ser el GOTY como Super Mario Odyssey, pero si que en general pueden verse muchas ideas, bien llevadas y, sobre todo, quedan un soplo de aire fresco al jugador.

Todo el universo está creado con polígonos, por eso hablamos de 2,5D. Los escenarios tienen mucha vida y color, pareciendo que estamos ante una serie de animación CGI de las que cada vez vemos más por televisión, por lo que si eso era lo buscado para la inmersión del jugador, lo han conseguido. La voz del personaje y los distintos sonidos nos ayudan a meternos en el universo, pese a que la música en sí misma tampoco destaca demasiado.

Max: The Curse of Brotherhood no destaca en lo técnico y tampoco es una revlución jugable, pero sabe las cartas que juega, y lo hace bien. Saltos, un rotulador mágico y diversos momentos de interés nos esperan en esta aventura de hermandad y destrucción. Posiblemente sea un buen candidato para echarle un ojo estas fiestas.