Una tostada con ganas de aventura, mundos repletos de dulces y un buen puñado de coleccionables. Pardon My French Toast propone un viaje simpático a través de un plataformas 3D que cumple con lo esperado, aunque le cuesta encontrar ideas con las que destacar entre tantas propuestas similares.
Una tostada con mucho que recoger
Pardon My French Toast apuesta por una fórmula reconocible dentro de los plataformas tridimensionales, con una cámara elevada y niveles que recuerdan a la estructura de Super Mario 3D World + Bowser’s Fury. Estamos ante un collectathon de planteamiento sencillo, en el que debemos recorrer escenarios temáticos para recoger una buena cantidad de objetos, principalmente ositos de gominola repartidos por mundos que parecen salidos de una pastelería. La premisa es simpática y entra por los ojos, aunque desde los primeros compases deja claro que su intención es ofrecer una aventura accesible antes que revolucionar el género.
Las posibilidades de movimiento parten de una base sencilla, con el salto, un impulso en el aire para corregir nuestra trayectoria y el clásico culatazo que nos permite golpear el suelo. Sin embargo, a medida que avanzamos, nuestra protagonista aprende nuevas habilidades que amplían las posibilidades de los niveles. Una de las primeras consiste en untarnos con distintos ingredientes, como la miel, que recubre nuestra tostada y le permite pegarse a determinadas superficies, como las paredes con panales, para trepar por ellas. También podemos aprovechar esta propiedad para adherirnos a objetos, como bloques, y resolver los tradicionales puzles de cajas. Son ideas que aportan algo de variedad a la exploración, aunque no llegan a transformar una fórmula bastante convencional.

Sí, nos dedicamos a recoger ositos de gominola.
Y es precisamente en esa exploración donde encontramos buena parte de los incentivos de Pardon My French Toast. Además de los coleccionables más evidentes, los niveles esconden estancias secretas y accesos que podemos descubrir al atravesar determinadas paredes o túneles disimulados en el escenario. Encontrar rutas ocultas y completar cada nivel es el principal aliciente para seguir jugando, aunque la estructura rara vez sorprende con situaciones que se salgan de lo habitual. Todo funciona como cabría esperar, pero también tenemos la sensación de haber recorrido estos mismos caminos en multitud de ocasiones.
La aventura tiene su punto de partida en un crucero llamado Jam Session, cuyo estado resulta bastante menos lujoso de lo que promete su nombre. Tras descubrir que el barco necesita combustible, nuestra protagonista tendrá que recorrer distintas islas y escenarios en busca de grandes caramelos que permitan continuar el viaje. El barco funciona como centro de operaciones desde el que accedemos a los niveles y conocemos a otras tostadas, con las que podemos estrechar la relación a medida que avanzamos. El sentido del humor acompaña esta disparatada premisa y aporta encanto a un universo que sabe resultar agradable, aunque no siempre consigue trasladar esa simpatía a sus mecánicas.

Es es nuestro lobby y punto de reunión con otras tostadas amigas.
Con falta de sazonado
Uno de los aspectos más positivos es el acabado general de Pardon My French Toast. Las animaciones son fluidas y tienen ese movimiento gelatinoso que encaja con el aspecto de los personajes, mientras que los efectos visuales acompañan bien a las acciones y ayudan a que cada salto o movimiento resulte satisfactorio. Es un juego bien resuelto en lo técnico y agradable de manejar, algo que se agradece especialmente en un género donde la precisión y la respuesta de los controles son fundamentales para disfrutar de cada recorrido.
Es importante destacar esas sensaciones porque contrastan con las de otras propuestas que, pese a contar con buenas ideas, no siempre consiguen trasladarlas con el mismo cuidado al mando. En nuestro análisis de All Hands on Deck, por ejemplo, ya vimos cómo ciertos problemas de físicas y cámara podían entorpecer una propuesta interesante. Pardon My French Toast evita buena parte de esas fricciones y ofrece una experiencia más consistente en su planteamiento básico. El problema no está tanto en cómo se juega como en la falta de personalidad de lo que propone.

La miel nos permite escalar paredes o adherirnos a objetos.
Porque, aunque sus mundos resultan coloridos y sus personajes tienen cierto encanto, cuesta encontrar ideas que nos sorprendan después de unos niveles. Los coleccionables, los saltos y las zonas ocultas cumplen su cometido, pero la aventura se acomoda demasiado pronto en una fórmula que hemos visto repetida en numerosas ocasiones. Frente a ello, juegos como Pac-Man World Re-Pac demuestran que una estructura igualmente clásica puede ganar mucho con pequeños cambios en el diseño de niveles, nuevas formas de aprovechar las habilidades y situaciones que nos obliguen a replantear cómo avanzamos. A esta tostada le falta esa chispa que convierte lo correcto en algo destacable y su apartado sonoro peca de falta de contundencia y pasa demasiado desapercibo, algo clave en los jeugos de plataformas clásicos con esas melodías que nos incitan a jugar y saltar una vez tras otra.
Por último, hay que tener en cuenta que Pardon My French Toast está en inglés aunque su tono desenfadado y su planteamiento accesible ayudan a que la barrera no sea especialmente importante para disfrutar de las plataformas, pero sigue siendo un detalle a considerar. Tampoco cuenta con una versión nativa para Nintendo Switch 2 que aproveche las mejoras de rendimiento y resolución de la consola, por lo que quienes jueguen en ella tendrán que conformarse con la edición original. Una aventura simpática y competente, aunque su falta de ambición jugable termina pesando más que sus virtudes.

Poco se valora tener brazos… ¡y encima musculados y de chocolate!
Versión analizada (1.1.0) jugada en Nintendo Switch 2.