“Piérdete”. Ese es el consejo que me dio un buen amigo cuando le dije que iba a analizar Dragon’s Dogma 2 en Nintendo Switch 2 cuando él ya le había dado un par de vueltas a la versión original lanzada en 2024 en otras plataformas, y tenía razón.
Pero ahora llega en su edición Dark Arisen, que como ya ocurriera con la primera parte añade toda una zona nueva que explorar así como una nueva historia a un ya de por sí vasto RPG de acción que os durará decenas y decenas de horas y que ahora os podréis llevar a donde os dé la gana.
Y es que Capcom sigue demostrando que lo apuesta todo a la nueva híbrida, y en apenas unos días también lanzará los remakes de Resident Evil 2, 3 y 4 así como Monster Hunter Wilds en un futuro cada vez menos lejano.
Pero centrémonos en ese otro monstruo que es Dragon’s Dogma 2 y que supo coger todo lo bueno del primero y mejorarlo, aunque en algunas partes siga pareciendo un juego modesto para tener un presupuesto triple A, claro que de los más “baratos” con esta denominación.
El ciclo vuelve a empezar
Como ya hiciéramos en su primera parte, encarnaremos al Arisen, el elegido por el Dragón para enfrentarse a él en un ciclo que se repite una y otra vez y que, como tantas otras cosas en este juego, tiene bastante más profundidad de la que aparenta inicialmente.
No estamos ante una historia especialmente brillante en su forma de contar lo que ocurre, pero sí ante una que gana enteros cuando empezamos a tirar del hilo y descubrimos qué hay detrás de ese mundo y de quienes lo habitan, peones incluidos.
Estas criaturas existen para servir al Arisen y nos acompañarán durante prácticamente toda la aventura, formando un grupo compuesto por nosotros, nuestro peón personal y otros 2 llegados de la llamada falla y que pueden proceder de las partidas de otros jugadores.
Los peones aprenden, comentan lo que ocurre, nos señalan lugares que conocen e incluso pueden llevarnos hacia misiones o localizaciones que ya hayan descubierto en otra partida. Es una especie de multijugador asíncrono muy bien integrado y que consigue que el mundo parezca más grande y vivo de lo que realmente es. Solo tenemos contra ellos su torpe forma de moverse fuera de las batallas y lo impreciso y casi cómico que resulta seguirles cuando nos lo proponen.
Además, Dragon’s Dogma 2 ha perdido la oportunidad de haber profundizado mucho más en el lore de estas criaturas, especialmente teniendo en cuenta la importancia que tienen dentro del ciclo que articula toda la saga.
Lucha con lo que tengas
Por suerte, son de las pocas cosas que arruinen las sensaciones que sentimos cuando empezamos a luchar. El combate continúa siendo uno de los grandes motivos para jugar a Dragon’s Dogma 2, y aunque está mucho más perfilado que en la anterior entrega, el caos sigue formando parte de su esencia, y eso es bueno.
Podemos empezar luchando contra unos cuantos goblins y acabar con un cíclope apareciendo de la nada, un grifo aterrizando en mitad del combate o un gólem convirtiendo la zona en un auténtico sálvese quién pueda. Mientras tanto, nuestro peón mago lanza hechizos, el arquero dispara desde lejos, el guerrero recibe golpes y nosotros trepamos por el cuerpo de una criatura gigantesca buscando su punto débil.
Las vocaciones, luchador, arquero, guerrero o mago al inicio, también son importantes. Hay diferencias entre unas y otras y merece la pena probarlas todas. Algunas, más especiales, se desbloquean además mediante determinadas situaciones o explorando el mundo, algo que encaja perfectamente con la filosofía general del juego, que no es sino que salirse del camino marcado, tiene su recompensa.
Perderse es bueno
Dragon’s Dogma 2 es un juego de mundo abierto en el que el viaje importa tanto como el destino en sí. Capcom limitó deliberadamente en el lanzamiento del juego los desplazamientos rápidos y nos obligó a recorrer caminos, bosques, montañas y cuevas pues esa era la visión de su directo.
Más tarde, no obstante y gracias a las quejas de los fans, la piedra transportador aeterna nos permitió usar esta función las veces que quisiéramos, facilitando así el ir de un sitio a otro, aunque insistimos: no es su filosofía, pues es en el camino donde sucede casi todo lo interesante.
Las misiones secundarias también funcionan mejor cuando aceptamos eso mismo. Algunas son bastante simples, de hecho la historia principal tampoco es precisamente un ejemplo de cómo contar una epopeya fantástica, pero hay otras que esconden consecuencias que no siempre veremos venir.
El mundo continúa funcionando aunque no estemos mirando y podemos encontrarnos con personajes en situaciones diferentes dependiendo de nuestras decisiones o de cuánto hayamos tardado en acudir a determinados lugares.
Todo esto se complementa con una progresión bastante satisfactoria. Conseguir nuevo equipo, mejorar nuestras armas, cambiar de vocación y configurar a los peones proporciona una sensación constante de avance, aunque no estemos ante un sistema de RPG especialmente profundo.
Una expansión de otro continente
Legamos así hasta Dark Arisen, que es probablemente lo que termina de convertir esta edición en la forma más recomendable de jugar a Dragon’s Dogma 2. La expansión nos lleva hasta Norgan, el Dominio Abandonado, una región montañosa y nevada que cambia considerablemente el aspecto del mundo que ya conocemos y que esconde una nueva historia alrededor de la joven Eir y un misterioso Dragón Caído que se niega a morir.
La inspiración en la primera Dark Arisen resulta evidente, pero Capcom no se ha limitado a repetir lo visto en la isla Bitterblack cambiando únicamente el escenario. Aquí tenemos una región abierta y mucho más integrada con la estructura de exploración del juego, además de las Pruebas del Exordio, doce mazmorras especiales en las que podremos enfrentarnos a desafíos destinados a conseguir equipo legendario que perteneció a antiguos Arisens.
El sistema de reliquias también introduce una nueva razón para seguir recorriendo Norgan, pues derrotar enemigos y explorar sus rincones permite encontrar estos objetos, que después podemos llevar a los asentamientos para que sean tasados y convertirlos en nuevas armas, armaduras y habilidades.
Los beorcanes, enemigos humanos que son casi bestias, conseguirán ponernos las cosas bastante difíciles. De hecho, lo recomendable es empezar la expansión un nivel ya bastante avanzado. Nosotros nos aventuramos en ella en el 25 y lo pasamos realmente mal en algunos tramos.
El mundo abierto y draconiano de Capcom en Nintendo Switch 2
Capcom ha hecho un trabajo bastante más digno de lo que algunos podrían esperar teniendo en cuenta el tipo de juego del que estamos hablando. No estamos ante una conversión perfecta ni ante un título que técnicamente pueda compararse con las versiones más potentes, como la de PC, pero tampoco podemos exigirle mucho más a la compañía.
The Witcher 3: Wild Hunt – Remastered ya nos ha demostrado que más en materia visual es posible, aunque Dragon’s Dogma 2 vuelve a ser otro ejemplo de que la nueva consola de Nintendo puede mover producciones que, sobre el papel, parecían demasiado exigentes para ella. Hay recortes visuales, evidentemente, pero el resultado general es mucho más satisfactorio de lo que cabría esperar. Claro que si los NPC en las ciudades aparecieran menos de repente, mejor.
La versión utiliza FSR 3 Frame Generation para conseguir una sensación equivalente a 60 fps partiendo de una base de 30. Sobre el papel es una solución fantástica, y en movimiento la suavidad adicional se puede llegar a agradecer, especialmente al desplazarnos por el mundo, pero el problema es que estamos hablando de cuadros generados, inventados si queréis, y no de 60 imágenes calculadas realmente por segundo, por lo que aparecen algunos artefactos y ghosting en determinadas situaciones.
Por eso, personalmente os animo a desactivarlo. En el modo de tasa de imágenes variable la consola suele ofrecer una fluidez suficientemente buena como para que no se eche especialmente de menos esos cuadros salidos de la nada y, a cambio, obtenemos una imagen más limpia. Se agradece que la opción esté disponible para que cada jugador decida qué prefiere, pero su uso tiene un innegable efecto en lo visual, para bien y para mal.
Acude a la llamada, Arisen
Como acabamos de comprobar, Dragon’s Dogma 2: Dark Arisen no es perfecto. Sigue teniendo una historia que en ocasiones podría explicar mucho mejor sus propias ideas, los peones y su origen merecían más desarrollo y su comportamiento puede desesperarnos en más de una ocasión. Tampoco estamos ante el RPG más profundo en todos sus sistemas y técnicamente se nota que Switch 2 ha tenido que hacer sacrificios.
Pero cuando aceptamos sus rarezas y dejamos de intentar jugarlo como esperamos que se juegue un mundo abierto moderno, aparece uno de los RPG de acción más particulares que ha hecho Capcom en mucho tiempo. Y ahora, con todas sus mejoras, una expansión que amplía de verdad la experiencia y la posibilidad de llevarlo a cualquier parte, es también la mejor forma que tenemos de perdernos por este mundo.





