Tras meses de espera y una acogida muy positiva en PC por parte de la prensa, Despelote llega finalmente a Nintendo Switch como una de esas propuestas que se salen del carril habitual. Un juego pequeño, íntimo y muy consciente de lo que quiere contar, que encuentra en la híbrida un formato especialmente adecuado para su ritmo pausado y su vocación de experiencia más que de desafío.
Fútbol, infancia y memoria
Despelote es, ante todo, una historia. La de Julián, un niño que crece en Ecuador a comienzos de los años 2000, en un contexto donde el fútbol está siempre presente, aunque rara vez como protagonista directo. No hay que ganar partidos ni competir en el deporte rey, sino de cómo a través de un balón, los gritos de un gol o una conversación escuchada al corretear junto a unos vecinos se integran de forma natural en la memoria de una infancia.
El juego se presenta en primera persona y nos coloca como testigos de esas vivencias cotidianas. Julián no persigue objetivos claros ni grandes hitos narrativos; simplemente vive, observa y espera. Paseamos por su barrio, escuchamos a los adultos hablar de fútbol, dejamos pasar el tiempo y, en ocasiones, damos alguna patada a una pelota que funciona más como símbolo que como herramienta jugable.

El estilo visual resulta muy interesante.
Estamos ante una experiencia narrativa mayormente pasiva, donde el peso recae en lo que sucede alrededor del jugador. Hay momentos en los que literalmente no hay nada que hacer más allá de estar ahí, escuchando o mirando cómo el mundo sigue su curs. Una decisión valiente que refuerza el tono contemplativo, pero que también delimita claramente a qué tipo de jugador va dirigida la propuesta.
El fútbol actúa como hilo conductor emocional, pero nunca como mecánica central. Siempre está ahí mientras el trasfondo de la historia intenta ir más allá. El de un país con problemas económicos donde, de algún modo, el deporte, y sobre todo el fútbol, motivan a sus gentes a seguir adelante y no rendirse buscando apoyo en momentos de uno hitos que les ayudan a estar unidos fuera de sus preocupaciones reales.

La historia va mucho más allá del fútbol.
Jugar a recordar
Los grandes aciertos de Despelote son contar con un doblaje completo en el español hablado en Ecuador y su particular estilo visual. El juego combina escenarios en 3D con un filtro que evoca una imagen difusa, casi como un recuerdo grabado en una cinta antigua. Sobre estos fondos se superponen personajes y elementos dibujados en blanco y negro, con un trazo infantil que parece sacado directamente de un cuaderno escolar. Cierto es que a veces la integración es dudosa pero funciona en su contexto.
Este contraste refuerza la sensación de estar recorriendo recuerdos incompletos, donde no todo está definido con claridad. Las figuras humanas y los objetos no buscan realismo, sino transmitir sensaciones, como si formaran parte de la memoria de un niño que recuerda más emociones que detalles concretos. Por esto mismo muchos diálogos parecen fuera de contexto o carentes de importancia, porque no dejan ser ser lo que eran a ojos de un niño.

¿Quién no recuerda “Tino Tini’s Soccer”?
En el apartado jugable es donde Despelote muestra sus mayores debilidades. La interacción es mínima y, en muchos momentos, nos sentimos más espectadores que jugadores. El control de la pelota resulta tosco e impreciso, algo que puede interpretarse como una representación deliberada de la torpeza infantil, pero que no termina de aportar demasiado a nivel mecánico. No tiene la importancia que parece venderse en los trailers del juego, ni mucho menos.
El esférico no sirve para desentrañar ningún aspecto del relato ni para profundizar en sus temas. La narrativa manda, y la jugabilidad queda claramente en segundo plano. Podemos chutarla, entretenernos intentando golpear un cono o jugando con los amigos en el parque, pero no es su objetivo. Julián, el protagonista, lo sabe y es justo lo que se intenta transmitir durante el par de horas que Despelote nos tendrá frente a los mandos.

El juego llega en el español neutro original.
Despelote es una experiencia breve, tan personal como honesta, que apuesta por contar una historia real con un lenguaje propio y sin concesiones. Como juego se queda corto en lo jugable y en ritmo, pero como recuerdo interactivo resulta único, entrañable y, a ratos, duro. No es una propuesta para todos, pero quienes conecten con su sensibilidad encontrarán algo difícil de olvidar.
Versión del juego analizada: Nintendo Switch (1.0.1) jugada en Nintendo Switch 2