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    La Forja de la Espada Maestra: Epílogo [FIN]

    Pues hala, a derrochar arte escrito se ha dicho. Voy a ir colgando aquí los capítulos de un fanfic sobre Zelda que estoy escribiendo. Sois libres de criticar todo lo que queráis (de hehco espero que lo hagáis, me gusta saber qué piensa la gente de lo que escribo). A disfrutarlo con salud.


    Índice (modificado para adecuarlo al cambio de foro)

    1. Conspiración Pág. 1
    2. Un peculiar arbusto Pág. 1
    3. Gloria y Honor al Reino de Hyrule Pág. 1
    4. El Santuario Dorado Pág. 2
    5. El Juramento Pág. 2
    6. El cazador y su presa Pág. 2
    7. Una fiel amiga Pág. 2
    8. Un sabio de otra era Pág. 2
    9. La llamada del Destino Pág. 2
    10. La Forja de la Espada Maestra Pág. 3
    11. La Llave Pág. 4
    12. El asesino Pág. 5
    13. Hacia el Santuario Pág. 6
    14. La Puerta al Reino Dorado Pág. 7
    15. Réquiem Pág. 7
    16. La Torre Pág. 8
    17. Las Gerudo Pág. 9
    18. Los Ojos del Río Pág. 10
    19. El Desafío Pág. 11
    20. El Rey del Mal Pág. 11
    21. La Visión y el Despertar Pág. 12
    22. La Venganza de los Caídos Pág. 13
    23. Bautismo de Sangre Pág. 13
    24. Hombres y Demonios Pág. 14
    25. El Amor de un Hijo Pág. 14
    26. La Palabra del Valor Pág. 15
    27. Siete Mil Aceros Pág. 16
    28. El Hombre y la Bestia Pág. 17
    29. La Luz de la Sabiduría Pág. 17
    30. Los Tres Elegidos Pág. 18
    31. Epílogo Pág. 18


    Descárgate el PDF edición 25º Aniversario

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    ************************************************** ***********

    1
    Conspiración


    La posada estaba atestada de gente y el recién llegado tuvo que esforzarse para llegar a la barra. Iba envuelto en una capa de viaje de color marrón cuya capucha le ocultaba el rostro. En sus manos sujetaba un bastón de recia madera con el que golpeó en la barra para llamar la atención del posadero, un hombre de mediana edad y rostro enjuto, que se acercó en cuanto lo reconoció.

    - Pasad – le dijo al oído -. Os estaban esperando.

    El encapuchado asintió y se dirigió a la parte de atrás de la posada donde había una puerta cerrada con llave. De nuevo con el bastón, golpeó la plancha de madera con una peculiar cadencia y el sonido de una llave al girar en la cerradura le llegó a través del griterío de la gente. La puerta se entreabrió y apareció la cara de un niño a apenas un metro del suelo. Al verle asintió con seriedad y se hizo a un lado, invitándole a pasar.

    El otro atravesó la puerta y oyó cómo se cerraba detrás suyo. Apenas hubo andado unos metros cuando se detuvo ante una escalera excavada en piedra que desaparecía un poco más adelante en la oscuridad del subterráneo.

    - ¿Hace mucho que han llegado? – preguntó.

    - El suficiente como para empezar a impacientarse.

    Se rió ante el mordaz comentario.

    - Entonces dame una luz para que no sigan esperando.

    El niño le tendió un farol que acababa de encender.

    - La segunda puerta de la izquierda.

    Asintió y, rebuscando en el interior de la capa, sacó una pequeña moneda de cristal azulado que dio al muchacho. Acto seguido se guardó el bastón a la espalda y sostuvo el farol para ver por donde pisaba. Había recorrido aquellos túneles varias veces y cada vez que bajaba aquellas estrechas escaleras de caracol sentía como si la tierra se lo tragase. El olor a cerrado y la humedad del pasadizo no eran de su agrado, pero la naturaleza de su pequeña reunión requería aquel secretismo.

    Al cabo de unos segundos, llegó al final de la escalera y al inicio de un túnel con cuatro puertas. Siguió las instrucciones del chico y llamó a la segunda de su izquierda.

    - ¿Quién es? – preguntó una voz cascada al otro lado.

    - Soy yo, eminencia – contestó.

    La puerta se abrió de inmediato y ante él estaba el viejo Cadler, el clérigo a cargo del Santuario Dorado. Era un hombre de expresión amable en el rostro y cabellos entrecanos que le caían en cascada sobre los hombros. Sus ojos eran de un azul clarísimo, casi gris, sus ropajes eran blancos y el único adorno que se permitía era una estola bordada con hilo de oro.

    - ¡Muchacho! – exclamó al verle - ¡Cuánto me alegro de que estés sano y salvo!

    Correspondió al abrazo del anciano con cariño y afecto.

    - También yo me alegro de verte. Veo que todavía no se han atrevido a ponerte la mano encima.

    - Aún hay fuerza en estos brazos y cordura en mi vieja sesera. Sin embargo, él es cada vez más fuerte y no está lejano el día en que yo también me vea obligado a luchar por mi vida.

    “Pero pasa y hablemos de cosas más inmediatas. Déjame que te presente a los otros y comencemos la reunión.

    El hombre entró y se quitó la ajada capa. Resultó ser un joven de apenas veinte años. Su rostro rezumaba juventud y excitación. Sus cabellos eran de un castaño muy claro, casi rubio, y sus ojos de un profundo azul. Sus orejas acababan en una graciosa punta que lo marcaban como a un hylian, la más apreciada de las razas de Hyrule. En la oreja derecha, además, lucía un sencillo aro de oro.

    Iba ataviado con una cota de mallas de bella manufactura. Una camisa y un pantalón, ambos de color crema y gastados por el uso, eran los encargados de que la armadura no rozara con la piel. Completaban su vestuario unas botas de viaje, marrones, una bolsa abultada que le pendía de un grueso cinturón de cuero y una vaina a su espalda donde tenía guardado el bastón de madera.

    Depositó su raída capa en el respaldo de una silla y con mirada tranquila estudió a las otras personas que se encontraban en la sala, de mediano tamaño, bien iluminada y con varias sillas dispuestas alrededor de una mesa.

    Había un hombre de mediana edad, pasados los cuarenta años, de pie, con el cuerpo vuelto hacia un cuadro de caza. Sus cabellos eran rubios y lucía una barba bien cuidada. Vestía con ricos ropajes y una espada pendía de su cinto. Al verle aparecer se dedicó a estudiarle detenidamente con unos inquisitivos ojos verdes.

    A los pocos segundos desvió la mirada y la posó en las otras dos personas que quedaban. Una de ellas también estaba de pie y era una mujer de gran estatura, calculó que casi un metro ochenta, protegida con un peto de acero y armada con una espada de pomo oscuro. Sus cabellos eran plateados y de sus hombros surgía una capa negra que le rozaba los tobillos. Su rostro estaba pintado con dibujos tribales y una de sus manos, enfundadas en guantes de cuero negro, se posaba en el respaldo de una silla ocupada por la criatura más bella que había visto en su vida.

    Unos cabellos largos y rubios descendían por su espalda como una cascada bajo la luz del atardecer y aureolaban un níveo rostro de facciones exquisitas. Tendría su edad, tal vez un poco menos, y sus ojos, grandes y azules, lo miraron de una forma que sintió que las piernas le iban a fallar. Vestía unos ropajes blancos y una sobretúnica de color azul cuya capucha descansaba sobre sus hombros. Un último detalle, era también una hylian, le confirmó la identidad de la mujer.

    Inmediatamente se arrodilló y bajó la mirada.

    - Princesa... – dijo con tono reverente.

    - Levantaos – ordenó la joven con una voz melodiosa -. En esta habitación no hay lugar para las jerarquías.

    - Dejadme hacer las presentaciones - dijo Cadler a la vez que el recién llegado se incorporaba -. Maestro Arad – el hombre rubio asintió con la cabeza -; Lady Impa – señaló ahora a la guerrera plateada y negra –; y ya habéis reconocido a la princesa Zelda.

    - Vuestra belleza es digna de mencionarse en las leyendas, princesa Zelda. Es un honor conoceros.

    La princesa aceptó el cumplido con una sonrisa que hizo que el joven hiciera otra profunda reverencia que ocultara su sonrojo.

    - Y vos sois... – preguntó Arad acercándose a su silla.

    - Link - contestó el joven.

    - Como ya os dije antes, es mi protegido desde hace muchos años – dijo Cadler mientras que invitaba a todos a tomar asiento.

    - También es un placer conoceros, Maestro Arad. Vuestra fama ha llegado a oídos de todos.

    El aludido respondió a la deferencia del muchacho con un modesto cabeceo.

    - Me temo que esa fama está mal adjudicada, puesto que la guerra está casi perdida, joven Link. Yo... – se frenó y abarcó con un gesto a todos los presentes – Todo el reino está en serio peligro.

    - Dejémonos de cortesías inútiles – cortó secamente Lady Impa -. El tiempo corre en nuestra contra y el lazo a nuestro cuello aprieta cada día más.

    - Maestro Arad – preguntó la princesa -. Vos sois el único que ha luchado contra Ganondorf. Contadnos cómo fue.

    El hombre se mesó los cabellos y cerró los ojos durante un momento, mientras hacía memoria. Luego comenzó su relato.

    - Ya hemos perdido la cuenta de las batallas que hemos librado contra él. Esta guerra ya ha durado veinticinco años, demasiados, y a pesar de que al principio ganamos los enfrentamientos, las fuerzas de Ganondorf se han ido haciendo más fuertes mientras que las nuestras se debilitaban.

    "Hará cosa de un mes que sufrimos nuestra última derrota, y fue la única ocasión en que he podido ver al Demonio de Jade en persona. Ante nosotros se extendía un enorme ejército mientras que el nuestro apenas contaba con un par de miles. Luchábamos por mantener el puente norte del Zora, el que lleva a la ciudad de Kakariko. La batalla comenzó y los dos ejércitos se juntaron en medio de los gritos y el entrechocar de metales. Y de pronto lo vi. Vi al Demonio de Jade.

    "Sacaba una cabeza al más alto de mis hombres y sus ropajes eran oscuros como la noche. Su piel era verdosa y sus cabellos eran del color de la sangre. En su frente refulgía una gema amarillenta y sus ojos rebosaban odio. Iba a lomos de un infernal corcel, tan negro como el alma de su jinete, de cascos, crines y aliento llameantes. Se desprendía de ambos un aura oscura que contrastaba con la luminosidad de la mañana.

    “Enarbolaba en su mano una enorme espada curva y aplastaba a cuantos se le ponían en medio. Di la orden de acabar con él y dos compañías de arqueros dispararon. Las flechas parecían no alcanzarle, o si lo hacían no le causaban más daño que el viento o la lluvia. Las espadas, hachas y lanzas rebotaban antes de alcanzarle a él o a su cabalgadura.

    “Por donde pasaba, mis tropas huían atemorizadas y las suyas recrudecían el ataque. Al cabo de apenas media hora tuve que ordenar la retirada para evitar nuestra total aniquilación. Algunos huimos hacia Kakariko, otros hacia los pueblos al margen del Zora y unos pocos escaparon a los Bosques Perdidos; de esos no hemos sabido nada.

    Arad se derrumbó en su silla y metió la cabeza entre los brazos.

    - Un par de días después, los que nos resguardábamos en Kakariko tuvimos que huir de nuevo. La ciudad ha caído y ahora no es más que otra provincia en manos de Ganondorf. Si tan solo...

    - Nadie podría haberlo hecho mejor, Arad – lo consoló la princesa -. Ganondorf es un demonio con extraños poderes y ha quedado demostrado que las armas normales no le pueden dañar.

    - Es por eso que estamos aquí – dijo Cadler -. Después de tantos años, Ganondorf no sólo amenaza con destruir nuestro amado reino sino todo Hyrule. Los Gorons temen el despertar de Volvagia, al antiguo Dragón de los Submundos, y las fronteras con los Zora ya ha sido testigo de más de un derramamiento de sangre.

    - El último reducto que nos queda es esta ciudad con su castillo y Ganondorf busca desesperadamente un arma que le ayude – dijo Arad apoyando las palabras del abad.

    - ¿Existe ese tipo de arma? – preguntó Link.

    - Existe – contestó Impa extremadamente seria -, y conquistar Kakariko era parte de sus planes para apoderarse de ella. Allí se guardaba el Libro de Mudora.

    El rostro de Cadler palideció.

    - ¿El... el Libro de Mudora? – preguntó con voz entrecortada.

    - Así es.

    - ¿Por qué es tan importante ese libro? – preguntó Link inocentemente.

    - Es antiguo, muy antiguo, escrito cuando Hyrule eran aún un reino joven – explico Lady Impa -. Los Sheikans somos sus guardianes desde hace muchos siglos y sus secretos nunca han podido ser desvelados, pues está escrito en una lengua ya muerta.

    - Entonces no hay problema, ¿verdad? No creo que Ganondorf tenga éxito allí donde sheikan e hylian han fracasado.

    - Ganondorf no está solo – dijo Impa -. Hay muchas criaturas bajo su mando, y entre ellas las Hechiceras; dos hermanas brujas de una sabiduría tan grande como la negrura de su corazón: son las madres de Ganondorf y puede que ellas sí sean capaces de descifrar el contenido del Libro de Mudora.

    - ¿Entonces es posible que Ganondorf encuentre algún hechizo que le dé el poder suficiente como para conquistar el mundo?

    - No hay hechizo en el mundo que tenga ese poder – aleccionó Impa -. Los antiguos jamás lo hubieran permitido. Pero sí existe algo, no creado, sino otorgado, que tiene ese poder, y en el Libro de Mudora está explicado dónde hallarlo.

    - El Triforce – dijo la princesa en un susurro.

    - El Triforce, sí – contestó su guardiana, apesadumbrada -. El Tesoro Dorado aguarda, quien sabe si más allá de las fronteras de este mundo, a que alguien lo encuentre y use su poder.

    Link asintió ante esas palabras. Se había criado en el Santuario Dorado y conocía la leyenda del Triforce.

    - ¿Cómo podría Ganondorf usar un objeto del bien para hacer el mal? – preguntó Arad.

    - El Triforce no entiende de bienes y males – explicó Cadler – al igual que las Tres Doncellas – e hizo un gesto de respeto – a las que representa. Cumplirá los deseos de quién lo encuentre, sean para bien o para mal. Es una herramienta, una de un tremendo poder, y por eso permanece oculta; a la espera de que alguien demuestre ser merecedor de usarlo.

    - ¿Hay alguna forma de recuperar el libro? – preguntó Link.

    - Ninguna – dijo Arad -. Si lo que se ha dicho hoy aquí es cierto, entonces Ganondorf lo protegerá con su propia vida. Pase lo que pase, el Libro de Mudora es inalcanzable.

    - Entonces debemos encontrar el Triforce antes que él – sentenció Link.

    Arad sonrió a pesar del dramatismo de la situación.

    - ¿Encontrar el Triforce? ¿Sabrías por dónde empezar a buscar?

    - El Libro de Mudora no es la única fuente que revela las claves para encontrar el Tesoro Dorado – dijo Lady Impa -, aunque sí la única que teníamos, por así decirlo, a mano. Hablaré bien claro:

    "La situación es desesperada, es una evidencia harto probada. Vuestras noticias, General, no nos toman por sorpresa, a excepción de la pérdida del libro. Con motivo del gran peligro que todos corremos, se ha concertado una reunión en el lago Hylia, durante la próxima luna llena cuyo objetivo será dilucidar una forma de derrotar a Ganondorf.

    - Por eso te he hecho llamar– le dijo Cadler a su joven pupilo -. Link debía conocer la gravedad de lo que está sucediendo pues quiero que vaya por mí a ese Concilio.

    - ¡Inaudito! – exclamó Arad levantándose – Vos debéis acudir sin duda a una reunión tan importante. No hay nadie en todo Hyrule tan docto como vos en interpretar la voluntad de las diosas. Vuestra ayuda será inestimable.

    - Y sin embargo no creo que pueda aportar nada nuevo – contestó Cadler apaciguando con un gesto al general-. Link fue criado en el Santuario y está versado en las escrituras y la tradición. Conoce tan bien como yo los textos referentes al Triforce y respecto a la voluntad de las diosas... No creo que haya nadie que pueda considerarse docto en esa materia. Link lo hará estupendamente.

    - Si vos lo decís... – dijo Arad, más tranquilo y otra vez sentado, aunque ni mucho menos convencido – Aún así, yo no podré ir, tengo que preparar las defensas de la ciudad y reorganizar al ejército.

    - Yo tampoco puedo ir – dijo Lady Impa -. Hay ciertos asuntos que me apartarán unos días de la princesa y si queremos que llegue a tiempo debemos salir mañana a más tardar.

    - Lo que deja a Link como único escolta de la princesa. Otro motivo más para que sea él quien vaya.

    - ¡Un momento! – volvió a interrumpir Arad – Una cosa es que permita que este joven vaya en lugar de vos, una concesión a vuestra sabiduría y buen juicio si así lo queréis ver, pero otra muy distinta es que acceda a que mi princesa viaje por medio reino sin más protección que un sólo hombre. Os otorgaré una escolta en condiciones; seis hombres deberían bastar.

    - No – dijo Zelda, sorprendiéndolos a todos -. Debemos viajar ligeros. Una escolta nos haría avanzar mucho más lentos. En un primer momento iremos Link y yo solos, ya se nos unirá Impa más adelante.

    - Pero princesa...

    Zelda miró a Arad y sus ojos reflejaban la autoridad que había heredado de un centenar de antepasados.

    - Respetareis mi decisión, Arad. Que mi palabra se haga ley.

    Viendo que no haría cambiar de opinión a su señora, Arad bajó el rostro, algo avergonzado por haber sido puesto en su lugar.

    - Si es vuestra voluntad la acataré.

    - Lo es – sentenció la princesa.

    En ese momento se abrió de golpe la puerta y apareció el muchacho de la entrada, visiblemente alterado.

    - ¡Atacan la ciudadela! ¡El Demonio de Jade ha llegado!

    En un primer momento ninguno pudo articular palabra, conmocionados por la noticia. El primero en reaccionar fue Arad.

    - ¿Cuándo ha ocurrido? ¿Cómo? – interrogó al muchacho.

    - La noticia corre por las calles. El ejército ya se divisa en el horizonte y la gente huye aterrorizada.

    - ¡Maldición! – exclamó Arad – No creí que fuera a avanzar tan rápido.

    - La guerra es impredecible, General – dijo Impa -. Y más aún contra Ganondorf.

    - Sea lo que sea la guerra, mi señora, debo atender mis deberes cuanto antes. Soy un general sin apenas ejército y he de disponer de uno para Hyrule en unas horas. Buena suerte en vuestro viaje, princesa – dijo haciendo una reverencia -. En vos reside la esperanza de nuestro mundo.

    Dicho esto, y sin despedirse del resto, salió atropelladamente de la habitación, casi arrollando al muchacho.

    Link estaba confuso, no sólo por la enorme responsabilidad de la misión que le acababan de asignar, sino por la noticia de que el ejército de Ganondorf estaba a punto de atacar la ciudadela.

    - No puede ser. Llegué hace un par de horas y no vi rastro de ningún ejército.

    - La hechicería puede ser una aliada poderosa – dijo Cadler, tratando de consolarle -. Tus ojos fueron cegados por el poder de Ganondorf.

    "Lo único que importa es que ahora debemos salir cuanto antes de aquí, antes de que conquiste la ciudadela.

    Nadie quiso parecer rebatir la predicción de Cadler. Ninguno de los presentes era lo suficientemente iluso para pretender que la ciudadela de Hyrule resistiría a las fuerzas del conquistador.

    - ¿Por dónde huiremos? – preguntó Link – Las puertas de la ciudad pronto se atrancarán y antes de eso habrá cientos de personas intentando abandonar la ciudad.

    - Existe una forma – dijo Impa -. Hay un pasadizo en el castillo que conduce al Santuario Dorado.

    Link miró significativamente a Cadler.

    - A ver si lo adivino: el retablo de Farore. Ese al que nunca dejabas que me acercara.

    Cadler sonrió.

    - Si lo hubiera permitido, pronto habría recibido quejas de un muchacho insoportable haciendo de las suyas.

    - Un hermoso recuerdo familiar, tal vez cuando un ejército no nos amenace... – dijo Impa imponiendo la realidad.

    - Por supuesto – se disculpó Link -. Entonces atravesamos el pasadizo, llegamos al Santuario Dorado y allí decidimos la mejor ruta para llegar al Lago Hylia.

    - Vamos – dijo la princesa -. No hay tiempo que perder.
    Última edición por Tildom; 14th October 2012 a las 23:52


    Fan-Fic

    La Forja de la Espada Maestra

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  2. #2
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    Muy weno tio, pero Link no habla, xDDDDDDDDDDDDD es broma, yo siempre e creido q es autista o retrasao o algo. xDDDD es broma

  3. #3
    Esta muy currado aunque se hace un poco pesado de leer si no conoces mucho la saga zelda Click here to enlarge
    Sorry but our princess is in another castle

  4. #4
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    Mola mucho, animate a poner más capítulos.


    Clan Dragon Ball

  5. #5
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    Un peculiar arbusto

    La noticia había corrido como la pólvora y, mientras salían de la posada, Link se preguntó si sería posible llegar al palacio sanos y salvos. Carros y carretas cruzaban las calles empedradas de la ciudadela a velocidades de vértigo, todas buscando la oportunidad de escapar antes de que el Demonio de Jade llamara a sus puertas.

    Los relinchos de los caballos se entremezclaban con el griterío de la gente, presa del pánico. Aquellos que no tenían corcel alguno, la gran mayoría, tenían que contentarse con llevar sus pertenencias más valiosas a cuestas, y corrían para llegar a tiempo a las puertas.

    - El pánico convierte en extraños a los seres queridos – dijo Cadler, repitiendo un viejo dicho.

    - Esto es mucho peor que el pánico – respondió la princesa, apesadumbrada.

    - Os veré en la sala del trono – les dijo Impa, muy seria -. Hablaré con Su Majestad y le haré saber que estaréis a salvo.

    Zelda asintió y la sheikan desapareció entre la multitud como una sombra.

    - Tratemos de llegar lo antes posible al palacio – dijo Link al acabo de unos segundos-. Lo que debe importarnos ahora es buscar una forma de poneros a salvo.

    Con resignación, los tres comenzaron a avanzar en dirección contraria al resto de la gente. Afortunadamente, el miedo impedía que le gente les prestara demasiado la atención, y nadie dio señales de haberlos reconocido. Varias veces tuvieron que retroceder y avanzar por estrechas callejuelas, ya que la guardia de la ciudad había formado barricadas para defender la ciudad.

    Finalmente, llegaron a los muros del palacio, a poca distancia del rastrillo de entrada. Su elevada posición les permitía ver lo que sucedía más abajo. A lo lejos, se podía ver a los que habían logrado salir de la ciudad, huyendo sin orden alguno. Aquellos que no lo habían conseguido se debatían entre el desespero y la aceptación; muchos de estos últimos se habían unido al ejército de la ciudad para luchar hasta el final. El resto, volvían a sus casas a la espera de lo inevitable. En el horizonte, que ya comenzaba a teñirse con los colores del ocaso, una densa humareda se elevaba en toda su longitud. Era el polvo que levantaba el ejército de Ganondorf.

    - Llegaran dentro de muy poco – dijo Cadler.

    - Para entonces estaremos muy lejos de aquí – contestó Link -. ¿Alguna idea de cómo entrar en el palacio?

    - Hay por aquí un arbusto con forma extraña – dijo la princesa -. Debajo de sus raíces hay un túnel que lleva a los sótanos del palacio.

    - Ya lo tengo – anunció Link a los pocos segundos de buscar -. Más que un arbusto parece un lechuga gigante.

    - Tiene que haber una argolla camuflada en la tierra – instruyó la princesa.

    Link se agachó y buscó en la base de la "lechuga". Con una sonrisa de satisfacción tiró de algo y levantó una trampilla de madera: un oscuro agujero con una escala de cuerda y madera quedó al descubierto.

    - Primero Cadler, luego vos y finalmente yo – dijo Link a la vez que oteaba a su alrededor, en busca de curiosos.

    El grueso clérigo comenzó el descenso entre bufidos y gruñidos de esfuerzo. Al cabo de un tiempo dejó de oírse nada y, unos segundos más tarde de aquello, la escala dio tres tirones suaves.

    - Vuestro turno – llamó Link a Zelda, que estaba distraída viendo la panorámica de la ciudad. El joven hylian la ayudó a descolgarse y la vio desaparecer por el húmedo agujero.

    No tuvo que esperar tanto como con Cadler y poco después s reunió con ellos en las profundidades del pasadizo. Estaba apuntalado con gruesas vigas de madera, como si del interior de una mina se tratara. La poca luz de que disponían provenía de los resquicios de la trampilla de entrada, que Link había cerrado antes de bajar para que no les siguieran, pero más adelante al túnel se lo tragaban las sombras.

    - ¡Maldición! – exclamó Link – Tendríamos que haber traído algo de luz.

    - Ya es demasiado tarde para pensar en eso. Démonos de las manos y confiemos en no tropezar – dijo la princesa.

    Primero Zelda, luego Link y finalmente Cadler avanzaron con extrema cautela por el pasadizo durante varios minutos. Link ya comenzaba a sentirse agobiado por la falta de visión, cuando se detuvieron.

    - Aquí – susurró la princesa -. Hay una puerta corrediza de piedra. Cuando la abramos estaremos en los dormitorios de la reserva.

    - Echaré un vistazo – propuso Link -, aunque no creo que haya nadie. Sólo por si acaso.

    Se adelantó un par de pasos, guiándose con las manos, hasta palpar el muro de piedra.

    - Tiene que haber un asidero a la izquierda – lo guió la princesa.

    - Ya lo tengo – contestó el joven cuando lo encontró -. Pegaos a la pared.

    Tuvo que hacer más fuerza que con el arbusto, pero, finalmente, también cedió. Sin embargo, esta vez sólo la separó un poco de la pared y echó un vistazo. Por la delgada ranura entró una débil luz que, según Link pudo comprobar, provenía de un farol, olvidado encima de una mesa. La puerta secreta daba a un dormitorio con cerca de veinte literas, completamente vacío. Link esperó unos segundos, para cerciorarse de que estaban solos, y terminó de abrir la puerta para que pudieran salir.

    Una vez fuera, la princesa los guió por los laberínticos subterráneos del castillo hasta llegar a unas escaleras.

    - Éstas escaleras dan al patio interior del castillo – instruyó la princesa -. Allí hay dos puertas laterales y una principal. Las laterales conducen a las dependencias de los sirvientes y a las caballerizas. La central es la puerta principal.

    - A estas alturas el castillo estará totalmente vacío – razonó Cadler -. Todos los hombres tendrían que estar en las puertas de la ciudad para recibir a Ganondorf.

    - Nunca se sabe. Vamos.

    Link encabezó la marcha y comenzó a subir por los escalones. El aire se hizo más liviano y el joven notó cómo volvían a estar cerca de la superficie. Unos pocos metros más subiendo y ya se encontraban bajo la luz del agonizante sol. Tal y como Cadler predijera, no había un alma en el castillo.

    - Démonos prisa – dijo Cadler -. Ya no aguanto más esta situación.

    Atravesaron el patio y entraron en el palacio por la puerta principal. Cruzaron habitaciones y pasillos totalmente vacíos. Incluso había pequeños elementos que resaltaban aun más esa soledad, como alimentos a medio terminar o herramientas tiradas por el suelo: todos habían salido huyendo.

    - Orgulloso pueblo del pasado / luz que a los presentes guía... – tarareó Link, distraído.

    - Guía es precisamente lo que necesitamos ahora – dijo la princesa mientras entraban en la enésima habitación desierta.

    - Y uno se pregunta, ¿dónde está la orgullosa sangre de los hylian? ¿Lo sabéis vos, princesa?

    - Quedamos muy pocos. El poder de nuestro pueblo se ha diluido con la sangre de los humanos.

    - Tranquila – dijo Cadler, burlón a pesar de las circunstancias -, No me ofendo.

    La princesa abrió muchos los ojos y trató de disculparse por sus palabras. Cadler y Link se rieron.

    - Sé que no queríais decir eso, alteza – aclaró Cadler -. Incluso os doy la razón: tal vez las cosas hubieran sido diferentes si más de los vuestros quedaran con vida, pero hay que aceptar lo que tenemos. Los antiguos sabían que esto podría llegar a suceder.

    - Podrían haber averiguado quiénes eran los antepasados de Ganondorf y habernos ahorrado todo esto, ¿no te parece? – dijo Link amargamente.

    Cadler decidió ignorar ese comentario, como tantas veces lo había hecho en el pasado. Cuando Link se ponía pesimista solía decir tonterías.

    - Ellos dejaron por escrito pistas y secretos que sólo ahora, cuando el peligro nos ha plantado cara, hemos empezado a desentrañar. ¿Quién sabe cuántas maravillas nos quedan por descubrir?

    - Ninguna, si Ganondorf se apropia de ellas antes – dijo Link -. Hemos llegado.

    Cruzaron el último pasillo y abrieron la última puerta. Llegaron a una amplísima sala con altas cristaleras por las que se filtraba la luz del ocaso. Al fondo había una figura alta, que les aguardaba, impaciente, con una antorcha encendida en la mano: era Impa.

    - ¡De prisa! – los azuzó la guardiana – La batalla está a punto de comenzar.

    Una vez todos juntos, Impa rebuscó detrás de una columna al lado del trono y unos segundos después se oyó un chasquido. El enorme asiento, de oro y seda azul, se hizo a un lado dejando ver un oscuro pasadizo.

    Los cuatro se quedaron de pie unos momentos, frente a la oscuridad, en completo silencio e iluminados por la luz de la antorcha, que crepitaba ansiosa.

    Link se ajustó la capa y elevó una rápida plegaria a las tres diosas, para que los protegieran.

    - Vámonos – dijo finalmente.

    - Esperad un momento, joven Link – le dijo Lady Impa -. ¿Sabéis usar la espada?

    - Sí.

    - Es posible que en vuestro camino os enfrentéis a peligros que deban ser combatidos con acero, no con madera. Tomad la mía - diciendo esto se la arrojó, con vaina y todo.

    - Pero...

    - No hay tiempo para eso. Debéis ser raudos y llegar a salvo al Lago Hylia. Nos veremos dentro de poco – esta última frase iba sobre todo dirigida para tranquilizar a Zelda.

    La princesa la miró con ojos brillantes a causa de las incipientes lágrimas que pugnaban por aflorar y le dio a su protectora un largo y sentido abrazo. Mientras, Link se ciñó la espada de Impa a la espalda y dejó el bastón a un lado. Impa y la princesa se separaron tras decirse algo ininteligible al oído. Luego, ella y Cadler se internaron en el pasadizo portando la antorcha. Link ya se disponía a seguirles cuando la mano de la sheikan le detuvo.

    - Protegedla con vuestra vida si es preciso.

    No sabría decir por qué, pero a Link no le gustó para nada aquel tono de súplica desesperada. Se limitó a asentir solemnemente y corrió para alcanzar a los demás.


    Fan-Fic

    La Forja de la Espada Maestra

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  6. #6
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    muy buena la historia. deberias SACAR UN LIBRO XD

  7. #7
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    oye y la tercera parte yo quiero la tercera parte
    alguien grande de la gran N dijo que las graficas estarian a la altura de la segunda generacion de juegos de la 360....y diriamos wow!!????

  8. #8
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    ¿Le has mandado eso a Nintendo? ¡Igual te ficha Miyamoto! Click here to enlarge

  9. #9
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    Gloria y Honor al Reino de Hyrule


    Impa vio cómo su protegida y sus dos acompañantes desaparecían por el pasadizo. Cuando la luz de la antorcha que llevaban no era más que un nítido recuerdo, la guerrera se apresuró a clausurar y bloquear el pasadizo. Con la retaguardia de la princesa protegida hasta donde ella podía, no le quedaba más que ir a las puertas de la ciudad y luchar por Hyrule.

    Unos minutos después, la legendaria sheikan cabalgaba a lomos de una yegua blanca, blandiendo una espada nueva y jurando venganza contra Ganondorf. No había cruzado ni media ciudad cuando los ataques comenzaron.

    Las enormes máquinas de guerra lanzaron sus primeras salvas y el silbido de los enormes proyectiles al cruzar el aire hendió sus oídos. Cayeron los primeros edificios antes de que las máquinas de los defensores contestaran a las de los invasores. Impa apreció, no sin cierto desespero, que el ejército de Ganondorf era abrumadoramente numeroso, mucho más de lo que cualquier esperanza era capaz de resistir.

    - No abras las puertas, Arad - murmuró Impa -. Eso es lo que él quiere.

    Fue como si la hubiera oído y decidido que, a fin de cuentas, era él el general de Hyrule y quien debía tomar las decisiones. Los clarines del ejército de la ciudad se dejaron oír por encima del estrépito y las puertas se abrieron de par en par.

    Impa maldijo en voz alta y redobló sus esfuerzos para llegar lo antes posible. Poco a poco perdió la perspectiva y pronto ya no pudo ver nada más. El clamor de la batalla era cada vez más cercano, pero para la amazona era desesperante no saber a ciencia cierta lo que ocurría. Finalmente, cruzó una esquina, encarriló la avenida principal de la ciudad y, pocos segundos más tarde, llegó al puesto de mando.

    Se había improvisado una pequeña maqueta en una tienda de una plaza y, desde allí, los altos mandos decidían los movimientos de la batalla. Un número ingente de mensajeros entraban y salían continuamente del lugar con noticias y órdenes. Arad, despeinado y con el rostro desencajado, discutía con otro general cuando se percató de la llegada de Impa.

    - ¿Qué demonios ha pasado? - le recriminó la sheikan mientras bajaba del caballo y apartaba a un soldado - ¡Habéis abierto las puertas! ¡Será una completa masacre! ¿Dónde está Su Majestad? ¿Cómo es que lo ha permitido?

    Arad decidió que no era momento para sutilezas, así que le dio la noticia.

    - El rey ha muerto. Lo alcanzó una catapulta durante la primera andanada.

    Impa se quedó muda, aunque sólo unos instantes. Su ganada fama de fría luchadora consiguió imponerse y centró su atención en la batalla que tenían entre manos.

    - ¿Y quién ha ordenado abrir la ciudad al enemigo? - preguntó sin miramientos mientras prodigaba una intensísima mirada a todos los presentes.

    Fue Arad el que contestó.

    - ¡Por el amor de las diosas, Impa! ¿Es que acaso no lo ves? La batalla está perdida. Ganondorf ha ganado la guerra.

    Impa se giró ante tal afirmación y estudió detenidamente a Arad. Vio en él algo que antes se le había pasado por alto; vio resignación, miedo y cobardía. Vio traición.

    - ¡Chacal! - gritó mientras lo señalaba con la punta de la espada - ¡Has traicionado al pueblo al que ordenaste servir!

    Todos los hombres que se encontraban cerca de Arad los miraron confusos; primero al uno, luego a la otra. Luego, desenvainaron sus propias armas y Arad se encontró rodeado por un círculo de amenazadores aceros. El general traidor ni siquiera se dignó a rebatir las acusaciones de la guerrera.

    Justo cuando ésta iba a ajusticiarlo allí mismo, un terrible estruendo se dejó oír y la tierra tembló. Una enorme nube de humo se elevó por encima de la ciudad allí donde la muralla había cedido. Las tropas de Ganondorf entraron por la recién abierta brecha rugiendo y clamando lucha. Los muertos comenzaron a contarse por centenares.

    Antes de que Impa pudiera atravesar al traidor con su espada, éste aprovechó el momento de distracción que se le brindaba para escabullirse y salvar la vida. Cuando Impa se dio cuenta, Arad desaparecía por entre los edificios de la ciudad. Maldiciendo su suerte, la guerrera centró su atención en sus problemas más inmediatos: los primeros soldados aparecieron por las calles, huyendo de la muerte. Impa reorganizó la retirada al palacio real, aunque insistió en presentar batalla siempre que fuera posible.

    Riadas de soldados y valientes civiles luchaban por las calles de la ciudad, batiéndose en retirada. Impa se movía entre los diferentes grupos, con la espada manchada con la sucia sangre de sus enemigos, alentándoles y alimentando sus corazones con algo de esperanza. Por donde pasaba, los defensores redoblaban sus esfuerzos y durante unos instantes eran capaces de mantener sus posiciones, pero todo ese sentimiento era mera ilusión y sus brazos acababan cediendo.

    Cayó la oscuridad y ahora la batalla se libraba bajo la atenta mirada de las estrellas. El fuego prendió en los edificios más cercanos a las murallas, allí donde comenzaron los saqueos, y avanzó amenazador hacia el interior. Los defensores, que cedían metro a metro, blandían sus armas con una mano mientras que con la otra sostenían antorchas para poder ver. Todo hombre, mujer o niño que quedaba en la ciudad estaba allí, combatiendo por sus vidas y por su reino.

    Cuando ya era medianoche, los últimos defensores que quedaban en pie protegían la entrada al palacio real. Impa contempló horrorizada lo que quedaba del poderoso reino de Hyrule. Una ciudad en llamas y un centenar de hombres, ensangrentados y exhaustos.

    La guerrera indicó a uno de los supervivientes que activara el rastrillo de la entrada y avisó a los demás que retrocedieran hasta el interior del patio de armas. A los pocos segundos la enorme reja de acero cayó y cerró el camino a los invasores. Un chillido agónico se oyó por encima del estruendo: el cuerpo de un hombre yacía atravesado en el suelo. Más de esos feroces hombres del sur, de aspecto bestial y cubiertos por pieles extrañas y de rostros tatuados, alargaban las manos por entre las rejas como queriendo atravesar aquel frío acero tan sólo con su voluntad. Los defensores acabaron con los pocos que quedaban en el patio antes de proceder a cerrar unas gruesas puertas de madera: la segunda defensa del palacio.

    Gimiendo por el esfuerzo, veinte hombres tiraban del mecanismo, situado en uno de los laterales del patio, mientras que el resto los cubría con largos arcos. Finalmente, las dos planchas encajaron y los defensores pudieron gozar de unos segundos de descanso.

    Impa se llevó la mano al costado, allí donde la lanza de un salvaje la había alcanzado, y rezó porque no estuviera emponzoñada. Sin embargo, podía considerarse afortunada, pues la gran mayoría de los presentes estaba en condiciones mucho peores que ella. Incluso había varios que se apoyaban en otros para poder seguir luchando, pues tenían heridas muy graves en una pierna, o en el costado. Uno de ellos, notó Impa, había incluso perdido un brazo. Una gruesa tira de cuero le hacía de torniquete allí donde la espada de un enemigo le había amputado el miembro y tenía la ropa manchada de sangre, pero en sus ojos ardía el fuego de los héroes. Asía con su única mano una espada y, cuando su mirada se cruzó con la de la guerrera, sonrió con esa sonrisa que sólo tienen aquellos que saben que van a morir, pero en paz consigo mismos. Admirada por semejante entrega y valor, la sheikan le devolvió la sonrisa y se juró tener el suficiente arrojo como para imitar a aquel desconocido.

    De pronto, los aullidos y el ruido de los enemigos al otro lado de las puertas cesó de improviso. Todos se miraron, horrorizados, intentando adivinar que nueva sorpresa les demandaba aquella noche. Impa no: ella sabía qué era lo que ocurría. Sólo una cosa era capaz de imponer tal silencio en un ejército de animales sedientos de sangre: el miedo. Y sólo una persona era capaz de irradiar el suficiente.

    Suspirando de impotencia hizo que lo que quedaba del ejército tomara sus posiciones lo más alejado de las puertas posible.

    - ¡Por Hyrule! - gritó uno de los supervivientes.

    - ¡Por Hyrule! – contestaron todos, enfervorecidos.

    Un golpe tremendo astilló la puerta de madera y casi hizo saltar los goznes. Los defensores callaron y se prepararon para la batalla final. Un segundo golpe llegó y un enorme tablón de madera salió volando por los aires y se estrelló en el suelo, a muy pocos metros de donde estaban los defensores. El tercer envite destrozó la puerta y mandó pedazos de hierro y madera en todas direcciones.

    Impa tuvo que saltar a un lado para esquivar un pedazo de metal que le habría arrancado la cabeza. Rodó por el suelo y cuando se incorporó tuvo que contener el aliento. Apostado en la puerta, con el fuego rugiendo a sus espaldas, estaba aquel al que llamaban el Demonio de Jade.

    La enorme figura dio media docena de pasos y entró, triunfante, en el patio del palacio. Su porte era temible. Era increíblemente alto y de una corpulencia extrema. Vestía con unos ropajes, negros como el plumaje de un cuervo, que llegaban hasta el suelo. Su piel era verde, aunque con la oscuridad parecía también negra, y encima de su frente lucía una joya que llameaba con vida propia. Avanzó varios pasos más, hasta llegar adonde un soldado, apenas un niño, se dolía de un madero que lo había golpeado en un brazo.

    Al notar la presencia de aquel ser, los ojos del muchacho se llenaron de terror y trató de huir, arrastrándose por el frío suelo de piedra. Ganondorf, pues no podía ser otro, desenvainó una enorme espada curva que brilló de forma pálida bajo la luz de las antorchas y le asestó un golpe que segó su vida.

    Ante la brutalidad del ataque, cuatro soldados se lanzaron a por él, gritando para camuflar el miedo que los embargaba. Pero Ganondorf era un temible adversario. Fintó a un lado y, con una agilidad sobrehumana, giró sobre sí mismo mientras movía su arma de arriba a abajo. Dos hombres cayeron, abiertos en canal. Luego, alargó su brazo con la rapidez de una cobra y le partió el cuello a un tercero. El cuarto se quedó inmóvil, aterrorizado, mientras su enemigo se le acercaba y, con una mueca de desprecio, lo atravesaba de parte a parte y lo levantaba en el aire hasta ponerlo a la altura de sus ojos. Cuando el destello de la vida hubo desaparecido de su mirada, el gigante se limitó a arrojar el cadáver a un lado, sin apenas esfuerzo.

    - Gloria y honor para el reino de Hyrule - dijo con voz cavernosa y llena de burla mientras que con la mano que le quedaba libre hacía un gesto que abarcaba al resto de defensores. La gema de su frente brilló por un momento y de su ademán brotaron una miríada de bolas de luz que los embistieron.

    Cuando Impa fue alcanzada sintió un dolor como nunca antes había padecido. Cayó de hinojos mientras corrientes de energía la abrasaban por dentro. A su alrededor, los últimos héroes del reino de Hyrule morían entre terribles gritos, privados de su gloriosa y última batalla. Luego, llegaron las sombras y no sintió nada más.

    ************************************************** ***********

    Más tarde, con los ánimos de la batalla ya enfriados, Ganondorf meditaba acerca de las noticias que su agente acababa de comunicarle. Se encontraba en lo que en su tiempo fue una hermosa sala de reuniones que, ahora, con su sola presencia, veía su belleza reducida a una mera sombra.

    - Has hecho un buen trabajo - dijo con voz profunda y tenebrosa.

    - Sólo cumplo con mi deber, mi señor - contestó Arad, arrodillado y satisfecho.

    - ¡La princesa Zelda no tardará en morir y con ella el resto de los que todavía se atreven a enfrentarse a mí! - exclamó el conquistador en un repentino estallido de furia.

    Arad se encogió, amedrentado, e hizo un ademán de protegerse la cara con un brazo, como sin con ello pudiera aplacar la furia de su señor. Ganondorf se plantó a su lado y le puso una enorme mano en el hombro. El contacto fue frío y heló a Arad hasta el tuétano, casi haciéndole gemir de dolor.

    - Me has sido de ayuda, Arad, eso es algo que no olvidaré.

    - Solo vivo para serviros - agradeció el hombre, aunque algo en la mirada de su señor lo alertó-. ¿Amo? - su voz apenas fue un hilillo que, no obstante, rezumaba miedo.

    Ganondorf sonrió despectivamente, movió su mano a una velocidad increíble, aprisionó el cuello de Arad y lo levantó hasta dejar su rostro a la altura de sus ojos. El apresado pataleó y trató de sujetar el brazo de su captor, pero la vida lo abandonaba por momentos, y con ella la fuerza. Los ojos de Ganondorf llamearon, disfrutando de cada instante y la gema que lucía en la frente brilló de forma siniestra.

    Arad abrió mucho los ojos, el miedo poblando cada fibra de su ser y alimentando su determinación, pues se rumoreaba que en aquella joya habitaban las almas de aquellos que morían a manos de Ganondorf y que luego las utilizaba para alimentar su oscura hechicería. Luchó ahora con más fuerza, tratando de librarse de aquel destino, pero ya era demasiado tarde, o tal vez siempre lo fue. La presa de Ganondorf se hizo cada vez más fuerte hasta que, finalmente, el cuello del pobre Arad se quebró con un seco chasquido y su cuerpo, inerte, se desmadejó como un muñeco de trapo.

    - Mi reino no paga a traidores.

    Ganondorf sonrió, pues un plan había cobrado forma en su mente. Y también porque acababa de segar una vida.


    Fan-Fic

    La Forja de la Espada Maestra

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  10. #10
    sigue asi tio te esta kedando muy wapo ta muy entretenido
    Si Vis Pacem Para Bellum.

    -Las mujeres son como la tensión alterna, pueden variar de un valor positivo a uno negativo en un instante de tiempo "T" que normalmente podemos considerar instantáneo. (¡¡¡¡Chúpate esa Ley de Kirchofff!!!!!!)

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