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Toy Story 3: El Videojuego

Cuando las adaptaciones se reencontraron con la calidad

Toy Story 3: El Videojuego - Análisis


Por una parte tenemos los niveles de plataformeo puro y duro. Escenarios grandes, con un diseño inteligente y bien detallados, llenos de secretos por coger y saltos imposibles. Controlaremos a Woody, Buzz y Jessie, la pizpireta vaquera pelirroja, cada uno con sus habilidades únicas, para lograr el objetivo de cada escenario. Saber qué personaje usar y en qué momento es fundamental para lograr llegar a esa plataforma inaccesible y facilitarnos el avance. Puzles situacionales que sólo resolveremos si hemos explorado bien el entorno y hemos avanzado correctamente con el personaje apropiado (en muchos casos recuerda al genial Lost Vikings, de Blizzard).

Estos niveles de plataformas se ven aderezados por un modo de juego completamente inesperado: el Toy Box. Ambientado en un poblado vaquero tenemos un sandbox en toda regla. Libertad de acción, personajes con los que interactuar, misiones que hacer, oro que conseguir, desbloqueables que, a su vez, abren nuevas posibilidades, logros… El resultado es que muchas veces prefieres perderte y hacer carreras con Perdigón, ayudar a los habitantes del poblado o recolectar oro para desbloquear nuevas opciones de juego que avanzar en la historia principal.


Toy Story 3 se revela como un juego completísimo que usa la licencia de la película para ponernos en escena un juego inteligente y divertido, que propone retos interesantes para resolverlos solos o acompañados, pero que en ningún momento frustra. Posee esa cualidad de los grandes juegos que hace que cuando algo se te resiste lo intentes una y otra vez, sabiendo que si no lo consigues no es por culpa de un diseñador obtuso, sino que eres tú el que no estás fino.

Plataformas divertidas retomando viejos valores de este género casi perdido, un sandbox muy completo y que alarga la vida del juego de forma natural y que cobra sentido, no tienes la sensación de que está metido a presión. Y, por supuesto, mucho Toy Story, con su fino sentido del humor y unos personajes entrañables.

Ahora sólo cabe esperar que la industria tome ejemplo de cómo se deben hacer las adaptaciones de películas.