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Shining Force II

La eterna lucha del bien contra el mal.

Retroanálisis - Shining Force II - Análisis

Shining Force fue una de las sagas de rol de fantasía de más éxito de la década de los 90. Y no era Squaresoft la que estaba detrás de ella, o Enix, o Namco siquiera. Era SEGA, que por aquel entonces tenía dos franquicias de rol ampliamente asentadas y que se preocupaba de que llegaran a todo el mundo: la futurista Phantasy Star y la medieval Shining Force.

Después de una primera parte que sirvió para introducir un sistema peculiar de luchas, llegó a las MegaDrive de todo el mundo Shining Force II, el mejor juego de rol que jamás vio la consola de 16 bits de SEGA y un título capaz de rivalizar sin despeinarse con las grandes vacas sagradas que por aquel entonces inundaban Super Nintendo, como Final Fantasy, Dragon Quest o Chrono Trigger.

Rol táctico

Ahora que está tan de moda Fire Emblem gracias a su próxima entrega para Nintendo 3DS, Fire Emblem Awakening, es una buena idea repasar otros juegos que proponen una mecánica similar y que nacieron más o menos en la misma etapa, una en la que los equipos de desarrollo eran pequeños y no había demasiados reparos en proponer nuevas mecánicas de juego y arriesgar con géneros que no vendían tanto.

Shining Force II comienza como todos los juegos de rol japoneses. Un protagonista y sus amigos, un reino con su castillo y un rey aquejado de una extraña enfermedad que puede tener algo que ver con las ruinas de una torre que hay cerca. La vida bucólica de los muchachos, sin ninguna preocupación seria, dará un giro de 180º desde el momento en el que se adentran en las ruinas y sean conscientes del terrible mal que amenaza al mundo entero.

Análisis de Shining Force II de SEGA

Del reino de Granseal pasamos al continente entero, viajando por el mapa y luchando contra criaturas fantásticas. De ahí, a las tiranteces con el reino vecino, cuyo monarca también da signos de estar bajo una influencia maligna. El paso lógico es reducir los aumentos y tener una perspectiva completa del mundo, gigantesco, y del que el continente inicial es apenas una minúscula proporción. Estas transiciones, pese a esperables, no son menos impactante ya que están ejecutadas con suma elegancia e introduciendo elementos que ahora pueden sonar a viejos, pero que en aquella época fueron pioneros, como la huida frenética del reino y el tener que levantar a una nación nueva a base de alianzas mientras indagamos en el misterio que ha provocado el despertar de un antiguo mal.