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Order Up!

Order Up! - Análisis

Un fenómeno frecuente al que se tienen que enfrentar las consolas de más éxito en cada generación es la proliferación en su catálogos de shovelware, es decir, de juegos basura, algunos tan rematadamente malos que su mera existencia parece una broma de mal gusto.

Con un nuevo mercado abierto en el que muchas personas se acercan por primera vez al mundo de los videojuegos, en Wii han abundado las desarrolladoras sin escrúpulos, que no han dudado en hacer caja rápida con títulos de calidad ínfima, especialmente en géneros populares y accesibles como el de los minijuegos. Aún así, podemos dar las gracias porque todavía aparecen productos realizados con mimo y respeto por el consumidor, como Order Up!

En Order Up! nos ponemos en la piel de un chef novato que aterriza, literalmente, en la isleña ciudad de Portobello, con el objetivo de ascender en la “cadena alimentaria” y alcanzar el estrellato culinario regentando locales de toda índole: desde el clásico diner americano, con sus hamburguesas y huevos con jamón, al refinado restaurant francés, donde se sirve caviar y exquisitos pescados.

El juego nos plantea básicamente dos facetas complementarias entre sí: por un lado, hay que dirigir con mano dura la cocina y encargarnos de la preparación de los platos que nos piden los clientes. Por otro, tendremos que gestionar diferentes aspectos de los restaurantes a nuestro cargo, como la contratación de personal que nos eche una mano.

Una vez que nos encontremos entre fogones, la mecánica consiste en encadenar una serie de microjuegos al más puro estilo Cooking Mama (aquel simpático título de Majesco que rompió moldes en Nintendo DS por su original propuesta y en Wii se ha prodigado con dos entregas): freír un huevo; cortar en rodajas una zanahoria; hervir pasta o pelar una lechuga, se cuentan entre las decenas de actividades a llevar a cabo, y que, al fin y al cabo, constituyen el meollo del título.

La detección de movimientos funciona correctamente y coger el truco a cada minijuego no nos llevará demasiados intentos, ni requerirá que seamos especialmente habilidosos. Si además queremos que las propinas de nuestra peculiar clientela sean copiosas, es importante conocer los gustos de cada uno de los carismáticos personajes que se dejan caer por el local y ser lo más rápidos posibles. Por supuesto, el Conde Drácula preferirá su bistec muy poco hecho y quizás no sea la mejor idea del mundo utilizar el ajo en su comida.

La parte de gestión del restaurante, aunque resulte algo superficial, añade algo de variedad a la casi omnipresente mecánica de los minijuegos. Con el dinero ganado durante cada jornada de trabajo podremos mejorar nuestros utensilios; encargar ingredientes especiales con los que aumentar nuestros ingresos; o acudir al mercado de Portobello, donde se nos abre la posibilidad de comprar recetas especiales en el mercado negro y condimentos de lo más sofisticado.