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Indiana Jones y el Cetro de los Reyes (and the Staff of the Kings)

Indi vuelve, pero el peso de los años se nota.

Indiana Jones y el Cetro de los Reyes - Análisis

Las andanzas de Indiana Jones en el mundo de los videojuegos se podrían describir como irregulares. Desde versiones insulsas y pobres, aventuras que pasaron sin pena ni gloria, hasta el mérito de tener una de las mejores (si no la mejor) adaptaciones de una película en el mundo de los videojuegos: Indiana Jones y la Última Cruzada. Junto con Fate of Atlantis, Indy entró de lleno en el Olimpo de los videojuegos. Dos aventuras gráficas con situaciones ingeniosas, una mecánica a prueba de bombas y un guión sobresaliente.

Pero es cierto que cuando se jubiló el motor SCUMM y las aventuras gráficas dejaron de ser las protagonistas indiscutibles del panorama "pecero", los juegos protagonizados por el profesor de universidad que todos desearíamos cayeron una vez más en la mediocridad.

La gran baza con la que contaba Lucasarts para volver a estar en primera línea de producción en esta generación fue Euphoria, un conjunto de herramientas ultrasuperrrealistas-chachi-de-la-muerte para las físicas que ríete tú de Newton y la manzana. A estas alturas todas las compañías deberían saber que un apartado técnico de lujo no garantiza, no digamos ya buenas ventas, sino un buen juego. Es cierto que Indiana Jones y el Cetro de los Reyes posee un apartado técnico por encima de la media, sobre todo para lo que suele ser ésta en Wii, pero otros apartados más importantes, como la historia, el diseño de niveles o las escenas de acción quedan por debajo de lo que Indy merece.

Se nos propone un juego de acción y aventuras a lo largo de diversos niveles que nos llevarán por lo largo y ancho de este mundo. Hay ruinas, hay polvo, hay reliquias, hay sombreros, pistolas y látigos, hay nazis... Vamos, que en un principio están todos los elementos que han hecho a Indy un grande entre los grandes. Incluso el monigote que aparece en la pantalla guarda cierto parecido con Harrison Ford en sus años mozos, aunque presa de un estrabismo galopante. Aparentemente todo tendría que ir como la seda, pero no hay magia. No hay esos momentos chispeantes, esa acción frenética y divertida, esos diálogos desternillantes... No hay química entre los distintos elementos que integran la acción.