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F-Zero GX

F-Zero GX, sinónimo de velocidad.

F-Zero GX - Análisis

F-Zero GX puede ser, fácilmente, el juego de velocidad más impactante de la última década. No es un juego de conducción, un simulador de coches en los que se tiene un garaje enorme, una enorme cantidad de circuitos con variaciones ambientales o una físicas realistas con marcas reales y deformaciones de carrocería. Naves espaciales, circuitos imposibles, turbos, una treinta de vehículos en pista, caminos alternativos y la sensación de velocidad más fulgurante de la industria de los videojuegos.

F-Zero GX fue la culminación de la placa Triforce, una estructura para recretivas desarrollada por Namco, SEGA y la propia Nintendo. El juego original se llamó F-Zero AX y llegó a los salones recreativos de Japón, para luego tener una versión doméstica para Nintendo GameCube. Un juego que seguía la estela del genial F-Zero X de Nintendo 64, pero que fue desarrollado completamente por SEGA y su excelentísimo haber en todo lo que suene a máquina recreativa.

F-Zero GX: A mil km por hora

No creo que haya ningún juego que dé semejante sensación de velocidad, con un control tan extraordinariamente preciso, en el que se requiere que el jugador entrene y no cometa errores. A mil kilómetros por hora en una carretera futurista, con curvas cerradas, trampolines, saltos y turbos por doquier hay que tener reflejos de felino para tomar la decisión correcta. Los 1.000 km por hora que podía marcar el velocímetro no era una casualidad, ni un mero adorno para medírsela. A esas revoluciones no hay maniobra para el error, la nave vuela sobre el asfalto (o lo que sea), girando por escenarios tubulares, haciendo loopings y agarrando curvas cerradísimas mientras la adrenalina desborda tus venas.

Posiblemente, SEGA fue la compañía que utilizó de forma más inteligente los añorados sticks digitales del mando de Gamecube, el mejor que se ha diseñado nunca para una consola. Estos gatillos tenían un recorrido y luego un tope, un `click´ que hacía que su función adoptara su máxima expresión. En el caso de F-Zero GX se trataba de los giros. Con cada gatillo favorecías las curvas cerradas; pulsando el botón el giro se hacía supercerrado. En un juego en el que los circuitos han sido diseñados con tiralíneas, con los turbos situados en el lugar justo, un ligero toque del stick, una variación de 5º en la salida de una curva, puede ser fundamental para rascar una milésima de segundo.

Y es que en F-Zero GX a medida que avanzábamos en los niveles de dificultad, en los diferentes desafíos, las diferencias entre coches pasaban de los segundos a los parpadeos. Remontar posiciones se convertía en una verdadera odisea, con rivales durísimos que no tenían la más mínima contemplación a la hora de largarnos de la pista. Porque esa era otra, no había que correr, había que enfrentarse a muchos rivales, echarles del circuito y, a la vez, recuperar los daños que nuestra nave tuviera.

F-Zero GX, el hogar del Capitán Falcon, se trataba de una durísima prueba de conducción, desafiante al límite y en la que los que gustan de la tranquilidad de conducir un sedán se ponían taquicárdicos perdidos. No era raro que, saliendo de una curva un poco más rápido de lo normal, hiciera que el salto inmediato lo cogiéramos desviados y acabáramos estrellados contra el suelo. Había que entrenar mucho, aprenderse las curvas de memoria y estudiar la localización de los turbos para conseguir esos impulsos fundamental para alzarse con la victoria.

Por supuesto, toda esta sensación de velocidad se ve complementada por un apartado técnico sencillamente sublime. Los circuitos de fantasía tienen un diseño futurista que va desde el descarnamiento industrial hasta las metrópolis verdes y luminosas, llenas de cristal y edificios que tocan las nubes. Decenas de naves simultáneamente en pantalla, velocidad sin límites… y una suavidad que le saca las vergüenzas a todos los juegos de conducción que han salido en las consolas de Nintendo hasta entonces. Eso sí, no es tan detallado como uno gustaría, ni tan redondo ni bonito como algunos hubieran deseado, pero los 60fps y el control endemoniado son el sacrificio que hubo que hacer, y que se pagó gustosamente.

F-Zero GX es una bomba de jugabilidad. Uno de esos clásicos de Nintendo que demuestran que GameCube es con toda probabilidad la consola más infravolarada de todas. La velocidad hecha videojuego y la última entrega de sobremesa de una saga que podría encontrar Wii U una digna nueva entrega, sobre todo si las relaciones entre SEGA, Namco y Nintendo sigue siendo tan buena.

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