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Disney Epic Mickey

Cuando talento, nostalgia y pasión se encuentran

Disney Epic Mickey - Análisis

Empieza entonces una terrorífica aventura en la que acompañaremos al Mickey Mouse más clásico conociendo a los habitantes de El Páramo y arreglando el desaguisado que hizo que Mancha Negra tomara el control y amenace a todos con su temible ejército.

Así que tenemos un mundo que se deshace en jirones, destartalado y accidentado, con personajes que han visto cómo su mundo ha cambiado de forma radical. Armados con nuestro pincel mágico (robado… perdón “cogido prestado” del estudio de Yen Sid, el mago) y pintura o disolvente tendremos que buscar la forma de salvar El Páramo y volver a nuestro mundo. Es esta elección, pintura o disolvente, la que conforma la piedra angular sobre la que se sostiene todo el sistema de juego. Los escenarios están plagados de paredes, objetos y enemigos susceptibles de ser pintados y restaurados o disueltos y destruidos. Es precisamente la enorme cantidad de detalles de los escenarios y su ductilidad a nuestros deseos los que provocan la única pega que le puede poner a Disney Epic Mickey: los pequeños tirones de framerate y los puntuales casos en los que la geometría oculta provoca que la cámara nos haga extraños. Son fallos, sí, pero perdonables dado que cuando uno comprende cómo es el juego es un milagro que el motor gráfico no haga aguas por todas partes.

 

Pero los escenarios no son sólo magníficos en aspecto, sino en diseño. Puzles por doquier, misiones sencillas que nos hacen recorrer cada esquina, pintando y disolviendo cada piedra y cada matojo. Porque no sólo de avanzar en la historia principal vive el jugón. Por un lado tendremos una cantidad abrumadora de objetos ocultos, desde tickets (que hacen las veces de dinero), broches (superan el centenar), objetos de misión y desbloqueables en forma de bocetos, tanto del juego como históricos de Disney. No sólo eso, sino que en cada escenario nos propondrán diferentes misiones, muchas de ellas sidequest completamente opcionales que podremos obviar, en las que siempre se nos dará la oportunidad de elegir cómo resolverlas: a las buenas o a las malas.