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Cooking Mama

¿Queréis montar un restaurante de 5 estrellas? ¿Impresionar a vuestra pareja con un banquete de postín? ¿Compensar a vuestros padres por tener 30 años y seguir en casa chupando del frasco? Gracias a Wii y Cooking Mama podréis comenzar la andadura por el mundo culinario y repostero.

Cooking Mama - Análisis

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Cortamos la verdura en juliana, ponemos el agua a hervir, le echamos un pellizquín de sal gorda, aumentamos el fuego y cuando el agua hierva echamos la pasta. Dejamos que cueza 20 minutos, colamos la pasta, le añadimos un poco de mantequilla, añadimos las verduras y… Better than mama!

Cooking Mama vio la luz como juego de la Nintendo DS, en la que con el trasfondo de la cocina, teníamos que superar una serie de minijuegos de corta duración. El Cooking Mama de Wii es heredero directo de este título pero, por varios motivos, deja la sensación de quedarse corto y no llega a la redondez de su hermano pequeño.

Cooking Mama es un juego que, ante todo, despista, pues no se sabe muy bien cuál es su objetivo: ¿pretende divertir con minijuegos locos?, ¿enseñarnos a cocinar?... En primer lugar: su aspecto. Desenfadado, alegre, caricaturesco, sencillo… No hay  pretensión de romper la barrera de los polígonos mostrados en pantalla. Todo es muy esquemático y sencillo (sin llegar a los extremos del Wario Ware, por poner un ejemplo cercano) y agradable a la vista. Pero se le pueden achacar dolencias al apartado artístico.
Me explico: el reto en Cooking Mama es hacer comidas lo mejor posible. Cada comida tiene su origen y podremos hacer platos de Francia, China, Japón, Rusia, India, España (ese pulpito a la gallega)… El caso es que da igual el plato que estemos haciendo: la música, el aspecto de la cocina, nuestra madre que atiende por encima de nuestro hombro que no la pifiemos… nada cambia. Da igual que tengamos que hacer un perrito caliente (EEUU) o cuscús (India) no hay nada en la presentación que los diferencie, sólo en el tipo de minijuegos que tendremos que superar. El caso que más destaca en todo caso es la música, media docena de melodías (a veces ni eso, casi jingles de anuncio) y las voces de nuestra madre, animándonos o consolando nuestra patanería.