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BIT.TRIP BEAT

Pong en el siglo XXI

BIT.TRIP BEAT - AnŠlisis


En una época de gráficos en alta definición, presupuestos desmesurados al más puro estilo Hollywood y pérdida de la esencia en busca de fórmulas cercanas a la película interactiva, sorprenden las agallas de quienes se atreven a nadar a contracorriente. Uno de esos valientes es la desarrolladora Gaijin Games, que con su serie BIT.TRIP se ha propuesto una meta nada desdeñable: recuperar las sensaciones de antaño, el espíritu más puro de los videojuegos, utilizando la tecnología hoy a su alcance.



Para ello BEAT, el primer título de los seis que han de conformar la franquicia BIT.TRIP, bucea en la prehistoria del ocio electrónico y homenajea sin pudor a uno de los títulos icónicos y fundacionales de la cultura videojueguil: Pong. Sí, el gran éxito de Atari mil veces clonado. Aquel juego en el que nos limitábamos a controlar una paleta rectangular de arriba a abajo de la pantalla, intentando que no se nos colase ninguna pelota en forma de píxel sobredimensionado.

En BEAT la fórmula no varía en su esencia. Durante los tres psicodélicos niveles en que se desarrolla el juego, cada uno coronado con su propio jefe final, nuestro cometido no es otro que devolver todos los proyectiles posibles que nos salgan al encuentro. Con una premisa tan sencilla y que cualquier jugador entenderá incluso antes de tener el mando entre sus manos, lo que engrandece a BIT.TRIP BEAT es que no se limita a copiar un título con casi 40 años de historia, sino que lo hace suyo y reinventa, adaptándolo a los nuevos tiempos.

Todos sabemos que la simplicidad de la mecánica no está reñida con una jugabilidad desafiante. Es fácil fallar al mínimo despiste, y bastante complicado conseguir multiplicadores altos que hagan de nuestra puntuación ser merecedora de estar en lo alto de la tabla. Se necesitan reflejos, habilidad y conocerse los niveles al dedillo para hacer frente a las incesantes hordas de bloques que nos asedian. Y también ayuda ser inmune a unos fondos tridimensionales que en conjunción con una música electrónica absorbente, y un ritmo en constante crescendo, pueden provocar pesadillas retro a un epiléptico.